Jesús Calma la Tempestad: ¡Lecciones a Considerar!

¿Alguna vez, uno de ustedes, ha dejado su fe en Dios en un segundo plano? En este artículo conocerás qué ha pasado con quienes se atrevieron a hacerlo en el momento en el que más necesitaban de Él y cómo Nuestro Señor Jesús calma la tempestad.

Jesús calma la tempestad

Jesús Calma la Tempestad 

(Marcos 4:35-41) ”(…)Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.”

En esta primera parte de la narración de nuestro Apóstol Mateo, se muestra clara y trágicamente que han tomado una nave marítima en la que luego, sentirían el furor del mar. ¿Quiénes? Siga leyendo y lo descubrirá.

“(..)Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

Es algo raro que alguien pueda dormir en medio de una gran tormenta, ¿no es cierto? A menos que se trate de Nuestro Señor que sabe bien por qué toma determinadas acciones.

Empecemos con algo fundamental, ¿qué es una tempestad? Según la Real Academia Española, en su primera definición, nos dice que es una “tormenta grande, especialmente marina, con vientos de extraordinaria fuerza.” Nos podemos dar cuenta que este pasaje está ambientado en un mar precipitado que amenaza la calma de una tripulación que aborda la barca.

Este episodio usualmente es confundido con el de cuando Jesús usa sus pies para pasar sobre las aguas que implican a una especie de barca y que también Mateo lo adhiere a su narración.

Un día, Jesús y sus discípulos estaban dando una larga y cuantiosa plática espiritual y este, el hombre perfecto, tomó la decisión de cruzar el Mar de Galilea junto a ellos que le obedecieron sin titubear.

“Crucemos a la otra orilla” fueron sus palabras para darle las órdenes a sus obedientes acompañantes. A la que se dirigían, era la costa este del Mar de Galilea y específicamente la región de los gerasenos, que es de Decápolis. La parte de las ciudades de Decápolis son sitios donde se concentra la cultura griega y también viven muchos judíos.

La otra orilla que Jesús nombraba realmente no era muy distante de donde ellos se encontraban y, cuando parten en la barca, la gente los observó y se dio cuenta de que se marchaban. Esa Mar de Galilea es un lago altamente profundo de agua dulce de 21 kilómetros aproximadamente de largo y 12 kilómetros de ancho.

Según el autor célebre Michael Keene, en el mar de Galilea eran muy frecuentes las tormentas inesperadas y además decía que los judíos (en este caso serían estos los discípulos de Nuestro Señor) no estaban acostumbrados a el ambiente marino y este les resultaba incómodo; dejándolos así, en su aventura, aún más expuestos a sus peligros.

Probablemente, estos discípulos se encontraban en un pequeño bote de pesca que los dejaba muy vulnerables ante un mar inmenso, lleno de criaturas marinas y peligros propios de su misma naturaleza.

Ahora bien, retomando el pasaje, nos podemos dar cuenta, que en medio de esta situación tan irregular y que pone en peligro las vidas de aquellos tripulantes; ellos, desesperadamente buscan que Nuestro Señor nos atienda con rapidez y celeridad, con una pregunta que sugiere un tono de prepotencia e incluso duda: “¿no tienes cuidado que perecemos?”.

Marcos y Jonas 

De esta situación tan importante surgen dos pasajes de nuestros profetas que hicieron acto de presencia en tan histórico, veraz e importante acontecimiento: Marcos y Jonas. Uno es de la misma cita de arriba que es del pasaje Marcos 4:37 “Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba”.

Aquellos marineros, que acompañaban a Jesús, corrían un real y eminente peligro porque se muestra que la barca se hundía.

Podría parecer, por lo que dijo Marcos en su narración, que ellos dejarían su vida porque si el barco se hundía, no tendrían ninguna alternativa de que sucediera algún acontecimiento que cambiara esa realidad.

En el otro pasaje que guarda relación con la que nuestro profeta Marcos mencionaba, pero, en este caso es Jonás, se dice: 1:4-5, 13) “Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que
había en la nave, para descargarla de ellos.”

Jonás expresa en su pasaje, una realidad similar, en la que curiosamente podemos pensar que sí creía que se partiría la nave era porque probablemente esta era muy pequeña y frágil.

Ambos expresaban la evidente situación de desesperación en la que cada ser de allí clamaba con rezos y oraciones para que eso dejara de ocurrir mientras, al mismo tiempo, ellos como marineros experimentados que en su mayoría conocían muy bien la mar, trataban de hacer lo posible depositando todos sus esfuerzos para que la barca siguiera a flote.

Ningún conocimiento humano, por extenso que fuese, era capaz de ir contra lo que estaba ocurriendo.

El Pilar de la Fe

En medio de aquella situación caótica y de lo que parecía ser el fin de las vidas de aquellos discípulos que creían que ese sería el día en el que sentirían su último aliento, nuestro Señor dormía. Sí, dormía en un profundo y plácido sueño estaba sumergido. Como lo dice el pasaje: “Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal”, (Marcos 4:38)

Él había trabajado arduamente y estaba muy cansado, entonces quedó sumido en un gran sueño mientras todo esto acontecía porque este también podía cansarse . Además, dormía tranquilo porque su fe era inmensa e inquebrantable, pues, a él lo llaman el hombre perfecto; el hijo de Dios.

Nunca el sonido de las violentas y fuertes olas que chocaban contra la superficie que recubría la barca podían despertarlo, mucho menos los gritos desesperados. Era algo increíble.

Esa es una de las lecciones más importantes del pasaje, ya que, cualquier otro pudo dudar y dejar atrás su fe en una situación tormentosa; en cambio, nuestro señor no lo hizo y su firmeza nos dejó un aprendizaje invaluable puesto que el Señor estaba calmo porque sabía que el Dios, todopoderoso, resolvería tan con su grandioso poder.

“Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más. Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros”  (Jonás 1:11-12).

En la historia de Jonás los marineros en algún momento comprenden que la tormenta era una prueba de fe de nuestro señor, pues, Jonás que es despertado de su plácido sueño, les advierte que para poder disolver la situación solo debían escuchar las palabras que el señor desde su cuerpo estaba transmitiendo. Pero ellos, aún así, no hicieron caso y decidieron, como niños maleducados, continuar tratando de que no se hundiera la nave.

(Jonás 1:13) “Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos”. Ellos, veían que ninguno de sus esfuerzos embravecidos que estaban en contra de las palabras de nuestro profeta, podían hacer que la situación se revirtiera.

La Obediencia es la Clave

“Entonces clamaron a Jehová y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido. Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor”, (Jonás 1:14-15)

Después de haber retado a nuestro señor en un momento cumbre de sus vidas y darse cuenta de que no solucionarían nada, ellos, al fin decidieron obedecerlo como debieron haber hecho desde un principio.

Muchas personas, a lo largo de la vida, también tienen este comportamiento incrédulo en el que se les ha ofrecido el camino para su salvación y la fe en nuestro Señor para momentos duros, y lo olvidan completamente a la hora en la que más lo necesitan.

Pudimos descubrir cómo este sacrificio (en el que lanzaban al hombre al mar) salvó la vida de la tripulación. Es un perfecto ejemplo de cómo el sacrificio de Jesucristo nos ha salvado a todos y nos hace vencer las peores dificultades cuando cualquiera podría creer que todo está perdido.

La Confianza en Dios y la Valentía

En nuestra historia original, a Jesús se le ha despertado de su plácido sueño, en el que este los reprendió con las palabras “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?” por causa del temor que había causado en ellos aquel desastre.

Podemos entender que no perdieron la totalidad de su fe, pero el pánico los cegó por un momento en el que la calma no reinaba en sus corazones. Pero al despertarlo de su sueño, le dan la confianza que de que sí podían creer que revertiría la situación.

Para creer necesitamos dejar en otro sitio, ajeno a nosotros, a la cobardía porque nuestra creencia nos demanda fortaleza y valentía para tener paz aún en las peores situaciones. Como cristianos todos vamos a tener que soportar situaciones un poco amargas que tendremos que apoyarlas en nuestra fe a Dios.

Dejar el Orgullo

En el momento en el que la tormenta estaba azotando la barca con toda su furia, estaban allí cuatro apóstoles que eran pescadores que conocían muy bien el mar de Galilea y sus tormentas.

Aquellos cuatro, no esperaban, gracias al conocimiento que sus experiencias le brindaban, que algo como eso sucediera y eso pone en la palestra la utilidad que tiene el conocimiento cotidiano ante la fe.

Ningún conocimiento, por más experiencias y descubrimientos que haga el hombre a través del tiempo, puede con la fuerza del poder de salvación de nuestro Señor.

El creer que podemos dominar una situación por nuestra propia voluntad es una acto de egolatría en el que desacreditamos la gracia de nuestro señor. Así que, debemos dejar el orgullo porque Jesús calma la tempestad de quienes claman su palabra.

Jesús, Nuestro Padre Omnipresente

Recordemos que en medio de la situación de lucha para controlar la barca en medio de la tormenta, el señor dormía. La tripulación percibió esto como un acto de irresponsabilidad, e incluso, lo despertaron de una forma poco amable con acusaciones salidas de la irracionalidad. Seguro estarían pensando que era una locura dormir en medio de tal crisis, pero no se trataba eso.

En algunas ocasiones algunos podrían tener la impresión de que el Señor duerme y no atiende sus dificultades, que no responde a las oraciones constantes como Elías alguna vez le dijo a los profetas de Basal, “¿No estará dormido Nuestro Señor?” Pero hay que tener la plena seguridad de que sí nos escucha y sabe cuál es el momento indicado para lidiar con nosotros.

Así, alguna vez, lo dijo Pedro; quien lo comprendió claramente y sabiamente nos lo transmitió (1 Pedro 5:7) “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”.

La Palabra del Señor

“¿Por qué estáis así amedrantados? ¿Cómo no tenéis fe? “Esta fue la pregunta que les hizo nuestro señor en esa situación y que para cualquiera hubiese sido extraño no tener el miedo natural que despierta una situación como aquella, pero no se trataban de las palabras de calma de cualquier persona. Eran las palabras de Nuestro Creador, capaz de cualquier cosa y ellos lo sabían.

El Señor los puso a prueba para fortalecer su fe, y en ese momento, el peligro más gigante no eran la marea violenta que atentaba contra sus vidas, el verdadero problema residía en su falta de fe porque Jesús calma la tempestad siempre y tan solamente lo que él necesitaba era que ellos lo entendieran.

Diariamente podemos ver cómo los problemas están en nosotros, por no dejar en las manos del Señor la salida de nuestros problemas. Y tan solo debemos dejar esas preocupaciones en manos de nuestra divinidad que es la garantía absoluta e irrebatible.

No debemos dejarnos llevar por las emociones de una situación tempestuosa. Debemos despojar al cristianismo de nuestros días de tales comportamientos que tanto daño hacen a nuestras vidas.

Dios se Manifiesta en los Lugares Menos Esperados

¿Quiénes de ellos esperarían que Dios estuviese (nada más y nada menos) durmiendo en aquella nave, manifestado en carne, con propósitos tan bien elaborados por el Todopoderoso. Este, cuando fue despertado, con su autoridad natural, calmó todo el furor que se atravesaba en la situación y de inmediato se hizo grande bonanza.

Tenía y tiene dominio de todo cuanto existe porque es su creador y en el momento en el que despierta y todos pueden sentir el impacto que deja en el ambiente porque como dice el Salmo (Sal 89:8-9) “Tú tienes dominio sobre la braveza del mar; cuando se levantan sus ondas, tú las sosiegas”.

Las mentes de los discípulos, que no obedecieron al instante, no pudieron asimilar o entender fácilmente que era posible que este estuviera manifestado en uno de sus acompañantes de flota.

Cuando todo se calmó, los discípulos también bajaron su miedo hacía la tormenta; pero, en cambio, mostraron un temor inmenso por otro motivo: la majestad divina del señor.

La Felicidad en Nuestro Señor

“Reprendió al viento” Las palabras que usó nuestro señor en esta situación fueron las mismas con las que ahuyentó al demonio que había hecho acto de presencia en la sinagoga de Capernaum (Marcos 1:25). Mostrando así, que todo aquello que parece que nos quiere abatir no proviene de sus deseos.

De nuestro señor, que es el que domina los elementos adversos, que es el todopoderoso, solo podemos esperar todo aquello que nos brinde y otorgue la felicidad plena porque él hace todo cuanto puede para hacerlo.

Nuestro planeta en un constante escenario de tormentas, epidemias, desastres naturales, malos sentimientos, frío, volcanes, sequía, tsunamis, sectas, enfermedades y solo es Cristo quien hace posible nuestra supervivencia porque en medio de todo, es magnífico. Solo Jesús calma la tempestad.

El Señor lo Anticipó

Absolutamente todo lo que ellos, en medio de esa creciente y turbulenta marea, iban a atravesar, nuestro señor lo conocía. Todo eso fue preparado y dirigido por él que sabía que todo aquello ocurriría desde un principio y quería, con esto, enseñarles una gran y trascendental lección.

En el entendido de que El Señor conocía todo cuanto ellos atravesarían, los hizo, de igual forma, continuar con su travesía de cruzar el mar en ese exacto momento. Ustedes se preguntarán ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué de esa manera? Su forma de enseñanza es perfecta y tiene los mejores resultados posibles, tal ha sido su magnitud de eficacia, que nos vemos a nosotros aprendiendo de ella hoy día.

Si Está el Problema También Está la Solución

Dios, conocía que ellos atravesarían por tal situación (como se ha mencionado más arriba) pero él jamás les haría pasar algo similar si no supiera que su desenlace iba a ser provechoso para sus discípulos.

Bien vimos que nuestra divinidad azotó los vientos que creyeron ellos que ponían sus vidas en peligro, pero que inmediatamente les brindó una solución que no pudieron detectar con facilidad hasta que se conectaron con lo más íntimo e interno de su fe y confianza; entonces fue allí que hallaron la salida.

Diariamente podemos pensar que cómo pueden esos problemas que se nos aparecen ser posibles si oramos y si tenemos a Cristo en nuestro corazón, pero creanlo bien: nuestro Señor sabe por todo lo que pasan y en el momento adecuado solo la fe otorga la salida porque Jesús calma la tempestad.

(1 Co 10:13) “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis resistir.”

Reflexiones

Los hechos que se relacionan con Jesús calma la tempestad,así como un sinfín de situaciones que pasaron sus discípulos como parte de la construcción del camino espiritual que les daba Dios para que ellos pudieran entender cómo iba a ser su accionar ante las situaciones y cómo iban, además, a repercutir y a incidir hacía los demás hasta nuestros días.

La vida está repleta de obstáculos y a veces parece que se desploma nuestra realidad, nuestra cotidianidad, pero Jesús calma la tempestad donde quiera que nos encontremos. Solo hay que aclamarlo, adorarlo, contemplarlo, orarle, rezarle, saberlo importante y no abandonarlo.

Así como el cambió el destino que les avecinaba a sus discípulos con tan solo desearlo, así puede cambiar nuestras situaciones. Pero siempre hay que tener presente que es solo teniendo mucha fe. La fe que Nuestro Señor les solicitaba a sus discípulos en el momento de la tormenta, recordemos que solo Jesús calma la tempestad.

Dios puede manifestarse en cualquier forma, desde cualquier lugar para hacernos comprender cosas así como se manifestó en carne entre la tripulación. Como ellos, debemos estar atentos a sus señales.

La omnipresencia de nuestra divinidad está dispuesta a ayudarnos desde cualquier sonido, lugar, piel, color, sensación, y en ese sentido, conectarnos con nuestras oraciones para así poder notarlo.

No importa cuán prepotente pueda ser nuestro ambiente al negarse a creer que es posible nuestra salvación, nosotros debemos mantenernos firmes y en pie de lucha para que, como sus discípulos, estemos dispuestos a hacer todo lo necesario para seguir trazando una senda de bondad y amor en la humanidad.

Lo que Nuestro Señor nos Prepara

(Ro 8:38-39) “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Nuestro Señor, que tan sabio y todopoderoso es, sabía toda esta situación que ocurriría con sus discípulos en la barca y, como ya he dicho, se trataba de una lección; no de un acto de maldad ni de algo que no fuese parte de su bondad.

Dios estaba preparando a sus discípulos para lo más difícil, para algo que no se hubieran imaginado que sucediera: ver a su maestro morir en la cruz. Esta situación no tendría ninguna comparación con la tempestad, puesto que fue lo más difícil y doloroso del tránsito del camino que empezaban a emprender con Jesús.

El plan de la redención de nosotros, de la humanidad, no podía zozobrar porque una tormenta hubiera cogido dormido al Mesías. Ninguna circunstancia, fuerza o malos pensamientos puede deshacer el plan de nuestra salvación eterna ni nada puede con el amor de Cristo nuestro señor Jesús. Así que no nos rindamos. Digámosle siempre que no a los vicios, a los malos deseos, a la desobediencia, a la ineptitud, a la falta de fe.

Y aunque esa lección en la barca tuvo un momento determinado, ellos no pudieron comprenderla en su totalidad hasta la resurrección porque debían suceder todas esas circunstancias para llegaran a esa conclusión de sabiduría y fe; debían atravesar por los largos caminos que les estaba el señor deparando.

Nosotros también debemos ser pacientes para comprender que no todo puede ser descifrado de buenas a primeras porque el tiempo de Dios, nuestra divinidad, es perfecto y solo él sabe cuando evidenciarnos determinadas situaciones en sus momentos más precisos.

A continuación este vídeo es presentado, para que, de manera didáctica y recreativa aprenda más acerca de cuando Jesús calma la tempestad

¡Gracias por leer este artículo sobre Jesús calma la tempestad! Te invitamos a que visites los siguientes enlaces para que encuentres más información valiosa e importantísima como esta:

Padre Perdónalos porque no saben lo que hacen 

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

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